Durante años, las startups han levantado millones gracias al valor de sus tecnologías, patentes y marcas. Sin embargo, ese mismo patrimonio pocas veces les ha servido para conseguir un crédito bancario. Algo está comenzando a cambiar.
Imagina que estás frente a un fondo de venture capital presentando tu startup. El inversionista comienza a preguntar: ¿tu tecnología es propia? ¿Tienes patentes? ¿Qué tan difícil sería copiar tu producto? ¿Cuánto vale tu marca? ¿Cuántas personas forman parte de tu comunidad y qué tan fieles son? Buscan saber cuánto vale lo que has construido y qué tan difícil sería replicarlo.
Pensemos en NotCo. Cuando alcanzó una valorización de US$1.500 millones en 2021, los inversionistas no estaban comprando fábricas de mayonesa o hamburguesas. Apostaban por una empresa que había desarrollado tecnología propia de inteligencia artificial, una marca con reconocimiento y un enorme potencial de crecimiento. Lo mismo pasa con quienes crean grandes comunidades, software o tecnologías patentadas. Su valor muchas veces está en activos que no podemos tocar.
Ahora imagina que ese mismo emprendedor entra a un banco a pedir financiamiento. La conversación cambia. ¿Qué inmueble tienes? ¿Qué garantías puedes entregar? ¿Con qué patrimonio respaldarás el crédito? Y aquí aparece una de las grandes paradojas del emprendimiento tecnológico: lo que puede hacer que un inversionista valore tu empresa en millones no necesariamente sirve para conseguir un préstamo. Hablamos de economía del conocimiento, pero todavía la financiamos, en gran medida, con criterios de la economía tradicional.
La buena noticia es que esto está cambiando. En Reino Unido, NatWest otorgó un crédito de 1,35 millones de libras a Shade Station utilizando marcas registradas y software propietario como garantía. En Hong Kong, un programa piloto permitió aprobar créditos respaldados por propiedad intelectual de hasta 39 millones de dólares hongkoneses. Y ahora Chile comienza a mirar en esa dirección: INAPI y la OMPI anunciaron un estudio para explorar cómo la propiedad industrial podría facilitar el acceso al financiamiento. Es un primer paso, no un crédito ya disponible.
Por supuesto, una patente no vale millones simplemente por estar registrada, ni una comunidad de seguidores se transforma automáticamente en garantía bancaria. Hay que demostrar valor económico, capacidad de generar ingresos y riesgos asociados. Necesitamos valorizaciones confiables, reglas claras y bancos preparados. Un venture capital invierte en el potencial de crecimiento; un banco también debe evaluar la capacidad de pago y cómo recuperar su crédito. Son miradas distintas, pero no incompatibles.
Y aquí está, a mi juicio, la verdadera oportunidad. Una startup no debería verse obligada a entregar participación de su empresa cada vez que necesita recursos para crecer. Financiarse con activos intangibles podría permitir a emprendedores pasar el valle de la muerte y tener una continuidad operacional.
Chile lleva años impulsando la innovación. Ya es hora de aprender no solo a proteger las ideas, sino también a reconocer su valor económico y utilizarlas para financiar el crecimiento de quienes las convierten en negocios.