Antonia Schlesinger no quería convertirse en experta en skincare: quería cuidar bien su piel y elegir sin perderse entre cientos de productos. De esa búsqueda nació Skinology, la marca que cofundó para hacer más simple el acceso al cuidado personalizado. Construirla le ha exigido combinar su disciplina corporativa con la disposición a probar, aprender y dejar que una empresa crezca paso a paso.
Antonia Schlesinger notó un día que le habían aparecido unas líneas de expresión que no reconocía. Vivía en Estados Unidos, así que fue a Sephora a comprar una crema. Cuando le preguntaron qué tipo de piel tenía, no supo responder. Cuando le preguntaron qué quería tratar, tampoco. La vendedora le mostró decenas de productos, con precios que iban de los cinco a los 300 dólares, y le dijo que escogiera, que cualquiera le serviría.
Antonia salió de la tienda sin comprar nada. Quería cuidar su piel, pero la cantidad de opciones la había dejado abrumada. Si iba a invertir tiempo y dinero, quería elegir bien, sin tener que convertirse en experta para hacerlo.
Investigó blogs y videos, preguntó a amigas y terminó más confundida. Entonces consultó a una dermatóloga, quien, en vez de recomendarle un producto, le definió una fórmula personalizada.
El resultado la dejó feliz y, sobre todo, conectó con su forma de hacer las cosas: optimizar. Tenía una fórmula pensada para lo que su piel necesitaba y una experta que había decidido por ella.
Conseguirla, sin embargo, era agotador: encontrar hora con la dermatóloga, ir a una farmacia, descubrir que faltaba un insumo, buscar otra y esperar días hasta que estuviera lista. Cuando se acababa la crema, había que volver a pedir hora. Además, sentía un cargo de conciencia: les estaba quitando tiempo de consulta a pacientes con patologías probablemente más importantes solo para renovar su fórmula.
Resolver un problema, no fundar una empresa
Antonia es economista. Antes de dedicarse a Skinology, trabajó durante ocho años en Latam Airlines y luego casi cuatro como gerente general de un estudio de abogados. Se define como mamá – el rol que dice haber vivido con más intensidad en los últimos ocho años – y como una persona disciplinada, metódica y muy orientada a resultados.
De su etapa corporativa rescata un alto sentido de la responsabilidad y la determinación de encontrar siempre la manera de cumplir con lo que se compromete. Esa forma de abordar los problemas también estuvo presente en el origen de Skinology.
- ¿En qué momento entendiste que había una oportunidad de negocio?
“Nunca partió de un ‘quiero tener mi empresa’, sino de querer solucionar un problema. Les pregunté a mis amigas si comprarían cremas personalizadas según las necesidades de su piel y todas me dijeron que sí. Así, buscando resolver mi propio problema, empezamos con un piloto de friends and family, aunque la solución todavía era muy difícil de escalar”.
Para desarrollar la propuesta, encontró a una dermatóloga con PhD y especializada en formulaciones personalizadas. También tenía claro que, para personalizar a escala, necesitaba tecnología.
Sumó entonces a un excolega de Latam Airlines, especializado en data science e inteligencia artificial, que estaba terminando un máster en Estrategia de Tecnologías de la Información. Él propuso construir un modelo basado en reglas y no en un sistema generativo propenso a alucinar.
Entre los tres desarrollaron el “SkinQuiz”. Ajustaron las preguntas del cuestionario hasta que la dermatóloga contará con toda la información necesaria para definir las fórmulas personalizadas, sin que ver a la persona en de forma presencial cambiara esa decisión.
Aprender a emprender
“Partir sola. En LATAM tenía un jefe que me guiaba y compañeros con quienes compartir los problemas chicos del día a día”.
“En Skinology, al principio, esa persona era yo. Mi marido ha sido clave: hasta hoy, casi todas las noches hablamos de la empresa”.
Emprender también implica aprender a construir con sus socios. Constituir una sociedad, dice, es parecido a casarse: hay que aprender a ponerse de acuerdo, ceder y tomar decisiones juntos. Todo el mundo te advierte que no es fácil, pero solo lo entiendes cuando lo vives.
A esos aprendizajes se sumó el desafío de comunicar la propuesta de Skinology.
- ¿Cuál ha sido el momento más difícil desde que fundaste Skinology?
“Explicar qué es Skinology. No somos una consulta dermatológica ni un recomendador de productos, y cuando algo es nuevo, la gente necesita clasificarlo en algo que ya conoce. Explicarlo en 30 segundos, en un reel, ha sido muy desafiante. Y que la gente no lo entienda, muy frustrante”.
Hoy describe este año como el mejor de su vida profesional. Atribuye el crecimiento de Skinology tanto al empeño por hacer las cosas bien y ofrecer un buen producto desde el principio, como a la perseverancia para hacer pilotos, aprender y ajustar hasta encontrar lo que funciona y escalarlo.
No se nace grande
En lo personal, compatibilizar la maternidad con Skinology ha sido lo más complejo. Le parece injusto compararse con fundadores sin hijos, que tienen más tiempo disponible. Desde el principio involucró a sus hijas para que sintieran la empresa como propia, y su marido se ha encargado de que se sientan orgullosas de lo que ha construido.
Pero ver crecer a sus hijas también le ha dado una perspectiva sobre lo que significa construir una empresa.
- Si volvieras al inicio de Skinology, ¿qué le dirías a la Antonia que estaba empezando?
“Primero, foco: al principio quería hacer de todo, y hay que aprender dónde tiene que estar tu foco. Segundo, saber a quién escuchar: no todo el que opina conoce tu negocio. Y tercero, algo que aprendí mirando crecer a mis hijas: no se nace grande. Un bebé no nace caminando, y en el emprendimiento pasa lo mismo; hay procesos que uno tiene que vivir antes de poder ser grande”.
También ha aprendido a mirar con distancia decisiones a las que les había tomado cariño. Al partir, dibujó ella misma el logo de Skinology y eligió sus colores. Durante un tiempo rechazó distintas propuestas de rediseño de la marca.
Hoy reconoce el valor de ese trabajo y entiende que entonces todavía no estaba preparada para el cambio.
La marca que hoy lidera en Chile, y que evalúa llevar a un nuevo país, empezó exactamente igual que ella en Sephora: sin saber muy bien qué necesitaba.
Tres años después, entendió que ni las personas ni las empresas nacen grandes. Aprenden a caminar, paso a paso.