Tomás Bercovich dice que hay dos cosas que lo han acompañado prácticamente toda la vida: el deporte y las ganas de vender. Creció jugando golf, soñando con conocer el mundo y encontrando cualquier excusa para hacer un negocio. A los siete años ya vendía cosas y, mirando hacia atrás, cree que ahí aprendió una de las lecciones que todavía aplica como fundador: la resiliencia.

Porque emprender, dice, es acostumbrarse a escuchar muchos «no» antes de que aparezca un «sí».

Después vinieron IZYTECH, Cuponatic y, finalmente, Global66. Tres empresas muy distintas, pero un mismo aprendizaje: construir un negocio no depende solamente de tener una buena idea, sino de entender qué problema vale realmente la pena resolver.

Elegir un problema que importe

Tomás reconoce que uno de sus primeros errores como emprendedor fue enamorarse de una solución antes que del mercado.

Con ZhetaPricing desarrollaron una herramienta de revenue management para la industria del cine. Funcionaba, pero resolvía un problema secundario para sus clientes. Era lo que él denomina como un «nice to have» más que una prioridad.

• ¿Qué cambió entre ese Tomás primerizo y el que hoy construye Global66?

“Hoy soy mucho más crítico. Antes de invertir tiempo en un negocio me pregunto si estoy en una industria grande y si estoy resolviendo algo realmente necesario para el día a día del cliente”

Esa lógica fue la que terminó dando origen a Global66. La tesis era simple: el mundo se volvió global, pero los servicios financieros seguían funcionando como si las personas y las empresas nunca salieran de su país.

Mientras que cada vez era más común trabajar, vender, comprar o vivir entre distintos mercados.

Desde entonces, Global66 ha construido una plataforma con un principio que, asegura, sigue intacto: si un producto no es más rápido, más simple o más económico que la alternativa, simplemente no tiene sentido desarrollarlo.

Escalar también significa aprender a liderar

Durante mucho tiempo, Tomás estaba convencido de que era bueno liderando startups pequeñas. Le gustaba construir MVP, salir a vender y hacer marketing de guerrilla.

No se imaginaba liderando una empresa con cientos de personas. Con el crecimiento de Global66 tuvo que aprender un trabajo completamente distinto.

Hoy pasa mucho menos tiempo construyendo productos y mucho más formando equipos, hablando con inversionistas y creando contexto para que otras personas tomen decisiones.

Para él, un buen líder se mide de una forma bastante simple.

• ¿Qué significa ser un buen líder?

“Cuando logras atraer personas muy talentosas, que se queden y quieran proyectar su carrera en la compañía, algo estás haciendo bien”

Por eso insiste en que el mayor desafío de construir una fintech regional nunca ha sido la tecnología. Ha sido el talento.

Encontrar personas capaces de ejecutar, ponerlas en el lugar correcto y darles la cancha suficiente para que hagan mejor su trabajo, incluso mejor que el propio fundador.

Pensar en grande, crecer con paciencia

Aunque Global66 hoy opera en múltiples países, Tomás asegura que la estrategia de la empresa prácticamente no ha cambiado desde 2018. Lo que sí cambió fue el camino para llegar.

El roadmap se adapta, los productos evolucionan y aparecen nuevas tecnologías como la inteligencia artificial o los agentes financieros, pero la visión sigue siendo construir una infraestructura financiera global para Latinoamérica.

Mirando hacia adelante, cree que los próximos años estarán marcados por pagos internacionales en tiempo real, servicios financieros hiperpersonalizados y un mundo donde las personas administrarán su dinero con asistentes de inteligencia artificial.

Pero cuando le preguntan qué consejo le daría al Tomás que comenzó Global66, no habla de producto ni de expansión. Habla de personas.

De hecho, dice que ese sería el único cambio que haría. Habría hecho crecer la compañía más lento. Porque los equipos también necesitan tiempo para madurar y una empresa puede volverse burocrática mucho antes de estar lista para hacerlo.

Después de más de una década emprendiendo, Tomás sigue creyendo que pensar en grande es indispensable.

Pero hoy está igual de convencido de que las compañías más sólidas no siempre son las que aceleran primero. Son las que aprenden cuándo vale la pena hacerlo.